13 reasons why: guía para padres

Screenshot de 13 reasons why (Netflix)

Hoy me atrevo a compartir con quien quiera leerme lo que me ha hecho pensar “13 reasons why” (Netflix), el nuevo drama teen que está en boca de todos, y a explicar por qué creo que padres y profesores deberían prestarle atención. En realidad se podría hilar aún más fino, pero valgan estas notas por el momento.

Estoy obsesionada con “13 razones”, que es como se ha traducido al castellano el libro que ha dado pie a la nueva producción de Netflix, con Selena Goméz como productora ejecutiva. Y desde que vi el último capítulo no hago más que deshilachar las distintas tramas que construyen este drama adolescente.

La serie funciona bien no solo por sus intérpretes (Dylan Minette, Katherine Langford, Christian Navarro), y a pesar de ciertos clichés que hay que aceptar. Con ella me parece que Selena Gómez ajusta cuentas. La que en su momento fue la estrella de instagram, hoy reniega de las redes sociales y lanza un proyecto para poner de relieve la realidad en la que viven los jóvenes hoy día. Para mí es algo así como la cara oscura de aquellas historias con que la televisión de los años 80 y 90 nos acostumbró a los institutos con taquillas, animadoras, fiestas en mansiones y adolescentes con carnet de conducir. En mi adolescencia nos hartamos de este tipo de películas y series y en ellas siempre había un grandullón, al que hoy llamaríamos acosador, y un pobrecillo al que no daba tregua, el acosado para nosotros, que casi siempre tenía un look que hoy parecería hipster. Lamentablemente no se puede decir que las cosas hayan cambiado mucho. Lo que pasa es que la historia que nos ocupa hoy es la del acosado.

“13 razones” comienza con el suicidio de una chica de 17 años, Hannah Baker (Katherine Langford), en un instituto común en una pequeña ciudad estadounidense. Antes de hacerlo se toma el tiempo de grabar 7 cintas de casette —ojo al detalle—, en las que desglosa los motivos que la han llevado a esa decisión, encarnados en 13 personas. La historia va avanzando así, cara a cara y personaje a personaje, aprovechando el principio analógico del avance de una cinta magnética, que solo va hacia adelante y hacia detrás, pero no permite saltar entre archivos como un sistema más moderno de almacenamiento. Este es un detalle que me parece especialmente interesante. No hay más remedio así que escuchar las cintas de principio a fin si se quiere entender el por qué de todo.

Terror en el instituto versión 2.0.

Imaginemos Beverly Hills 90210 en el siglo XXI, donde cualquier niño tiene smartphone y cuenta en las redes sociales. Imaginemos una vida expuesta públicamente desde el nacimiento —que tire la primera piedra quien no haya colgado nunca una foto irresistible de su hijo en una red social. Cuando crecen, estos niños adorables tienen problemas para diferenciar su vida privada de la pública y, más aun, no la saben proteger ni defender. Cualquier acto de sus vidas está expuesto online y para siempre y se encuentran en una situación de indefensión absoluta si no cuentan con las herramientas necesarias.

Claro, tener cuenta en Facebook no implica ser suicida. Lo que sí trae consigo es la disolución de las fronteras entre lo público y lo privado y eso sí es preocupante por lo que implica de sumisión a la opinión ajena. Y en una edad como la adolescente, cuando se busca agradar y al mismo tiempo buscar un lugar en el mundo, es tremendamente peligroso. Creo que los que hoy somos adultos no nos paramos lo suficiente a pensarlo, quizás porque venimos de una juventud analógica donde la vida privada pasaba en casa y no había cómo compartirlo públicamente. Creo que no acabamos de entender cómo es crecer en la edad de la web 2.0.

Ahora imaginemos un instituto normal y corriente, donde cientos de adolescentes reproducen el único modelo que conocen, el de sus mayores, un modelo que, como sabemos, es de una calidad éticamente dudosa. Dinero, popularidad, machismo, clasismo, y un ismo tras otro, son los valores que predominan en un entorno escolar, por mucho que sorprenda. Quien es bueno en deporte es popular y tiene éxito, quien estudia no. Por lo menos en el caso de los chicos. Las chicas lo tienen algo más difícil, porque la sociedad que las ha de aceptar solo lo va a hacer adjetivándolas y cosificándolas. Visto con mi perspectiva actual, este instituto se me aparece como un lugar bastante inhóspito en el que niños y niñas se enfrentan a todo tipo de retos sin siquiera saber a ciencia cierta quiénes son en realidad.

La segunda causa de muerte entre adolescentes en Estados Unidos es supuestamente el suicidio. Pero no hace falta ir tan lejos: en España nos asaltan cada cierto tiempo casos de chicos y chicas acosados que no han sabido escoger otra solución a la tortura diaria que acabar con la propia vida. El alcance es global y nos implica a nosotros, a los adultos, que una vez pasamos por lo mismo y hoy no sabemos ponernos en su lugar, ni siquiera escuchar, tan absorbidos estamos por la rutina.

La tragedia de un suicidio adolescente arrasa con todo a su alrededor y se basa en la incapacidad del afectado para pedir ayuda —tampoco suele verlo nadie antes. El drama es que no saben cómo deben enfrentar según qué situaciones. Si a ello añadimos el efecto bola de nieve del boca a boca, hoy en día representado en las redes sociales, una persona puede ver reducida su vida a una imagen proyectada por el concepto que tienen los demás y no por la verdad de lo que esa persona es.

En un mundo como el de hoy en que “todos somos espías de todos” gracias a las redes sociales, como bien dice Selena Gómez en la boca de Hannah Baker, todo se sabe, se manipula, se desvirtúa y acaba convirtiéndose en un constructo que muchas veces inmoviliza al propio implicado. Si se trata de un o una adolescente, ya no sabe quién es ni si es culpable de todo. Poco importa la verdad cuando lo único que nos interesa es ser aceptado en el grupo. Poco importa lo que se es en realidad, cuando todo es proyección y esta parece más verdad que la propia verdad.

“13 reasons why” es una película de terror en la que los culpables pagan por sus pecados, como en Viernes 13 o Carrie. Hannah Baker se suicida, pero antes tiene la sangre fría de señalar a las 13 personas culpables de su decepción, a cada una de las cuales dedica una cara de una cinta y les habla de tú a tú para introducirlos en su mundo, de forma que comprendan qué es lo que hicieron mal. Retorcido, pensarán. En cierta manera sí, pero es así como se reconstruye su historia de acoso, decepción, amor e incomprensión con todo lo grandioso de la adolescencia, cuando cualquier suceso era sublime, duradero e insoportable.

Igual que Carrie acabó con sus acosadores, también Hannah Baker lo hace con los suyos, porque al final todos acaban pagando por sus culpas de una forma u otra. Cada una de estas 13 personas acaba recorriendo un particular via crucis que les lleva a ser personas radicalmente diferentes a como eran a principio de las cintas. En sus reacciones vemos representados distintos arquetipos y distintas formas de enfrentarse a la situación.  Analizarlos seguramente da para otro artículo y me gustaría pensar que para algún debate en institutos.

¿Y los padres?

Aquí viene lo bueno: “bienvenidos a nuestra cinta”.

La adolescencia como prueba de fuego de la maternidad/paternidad

Mientras devoraba capítulo tras capítulo, interiormente me dividía en dos: por un lado, tenía que volver a mi propia adolescencia para entender a los protagonistas —la narración en primera persona en la boca de Hannah Baker ayuda en gran parte— y, por el otro, intentaba ponerme en el lugar de los padres de los diferentes personajes, estereotipos de diferentes formas familiares.

Entonces me daba cuenta de que, por muy cerca que pensemos que estamos de nuestros hijos, hay un universo entero entre unos y otros. Yo recuerdo, en mi caso, no contar nada, absolutamente nada, de mis decepciones, de mis tristezas, de mis malestares, de mis ilusiones, nada, cero. Y ahora entiendo que en esa época, que para mí fue una conquista violenta de territorio y libertad, no sabes cómo hablar, cómo contar las cosas. Y la pregunta que me ronda la cabeza es “por qué”.

Ninguno de los padres en “13 reasons why” sabe cómo es la vida de sus hijos fuera de casa, ninguno. Ni los de los acosadores, ni de los acosados, ni de los que se mantienen al margen. Los padres solo pueden/podemos saber lo que intuimos y lo que nos quieren contar nuestros hijos. ¿Cómo hacer que los hijos confíen en los padres lo suficiente como para dejarse ayudar por ellos? ¿Cómo lograr que aprendan a poner palabras a sus emociones?

“13 razones” me ha tocado y hundido. Ha sido para mí una forma de entender la adolescencia partiendo de los propios recuerdos, una forma de prepararme para ese futuro que me espera. Quisiera mantener los sentidos alerta y la predisposición para escuchar con las orejas abiertas, sin prejuicios ni contaminaciones de ningún tipo. Desearía contar con una posición de confianza privilegiada para compartir los peores y los mejores momentos. Y no dejarme llevar por las nimiedades de la vida cotidiana para saber prestar siempre una mano o un hombro y comunicar que estoy ahí para todo siempre. Me gustaría pensar que lo voy a lograr, aunque en el fondo sé que tendré que aprender a vivir con el silencio por respuesta.

¿Recordáis vuestra adolescencia? ¿Cómo queréis vivirla o la vivís con vuestros hijos? Si queréis compartir vuestras opiniones sobre “13 razones”, soy toda orejas, aquí abajo o en Facebook.

Un abrazo,

Susana

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